Había vuelto a la ciudad por vacaciones. Era primavera, pero el día había amanecido gris y las nubes amenezaban tormenta.
No podía seguir en casa. No paraba de darle vueltas a la habitación. Ocho, creo que fueron. Coloqué y descoloqué mil y una veces lo poco que todavía tenía allí. El ordenador llevaba encendido casi cuatro días, en realidad, no sé porqué ni para qué. O tal vez sí.
Vaqueros, botas y jersey a rayas. También el chubasquero rojo que me regaló mi tía, la de Moscú.
Abrí la puerta del portal y una ráfaga de viento me descolocó el flequillo por completo. Me dio igual.
Caminé sin rumbo. No sabía donde ir, ya no tenía a nadie a quien ir a molestar, ni nadie con quien tomarme un café, tampoco a nadie con quien tirarme en el césped viendo las nubes pasar. Todo el mundo había huido hacia una vida mejor. Incluso tú.
Llegué al centro, me recorrí todos los escaparates y decidí seguir andando. Unos pasos más adelante vi que habían abierto una cafetería nueva. De esas con lámparas de colores, una gran barra de madera, y una gran cafetera. Imitando los antiguos cafés. Sí, de esas que me gustan a mí.
Y... allí te ví. Estabas de pie en la barra, con aquella chica que conociste hace tres años y medio. Ni el más mínimo detalle había cambiado en tí. Seguías igual o, incluso, más joven. El paso de los años te sentaba bien. Supongo, que las vacaciones eran el motivo por el cual tú también habías regresado a la ciudad.
Procuré sentarme en una mesa no muy lejana, donde veía tus movimientos y tus gestos, desde donde un par de veces pude escuchar tus risotadas.
Cerré los ojos. En ese momento, pude recordar tu olor, las tardes de invierno bebiendo cerveza, y las de verano jugando al futbolin, tus horribles dedos de los pies, una noche de San Juan, las siestas con el ventilador a diez centímetros de la cara después de habernos hecho el amor hasta deshidratarnos, las canciones de Bunbury y las películas a altas horas de la madrugada.
Pero, todo aquelló terminó. Acabó de la manera más tonta posible. Me la jugué, mucho, muchísimo y perdí.
Terminaste tu solo con hielo y la cogiste de la cintura. Le colocaste el pelo. Antes de salir por aquella puerta de cristal, te giraste y me guiñaste un ojo. Jugueteando, como siempre me hacías antes.
Me levanté y fui a pagar a la barra. Al mismo sitio donde hacía dos minutos habías estado tú. Algo me llamó la atención. Un suave punteo en mi hombro:
- "Perdona, ¿vienes mucho por aquí?"
domingo, 27 de marzo de 2011
jueves, 17 de febrero de 2011
¿Recuerdas cuando éramos niños y creíamos en los cuentos de hadas?
¿Aquella fantasía de cómo sería tu vida?
Ya sabes, lo de el príncipe azul, ese que te llevará a un castillo en medio del monte. Ser felices y comer perdices.
Te acostabas por las noches, cerrabas los ojos y tenías una fe absoluta.
Los Reyes Magos, el ratoncito Pérez, el príncipe azul, estaban tan cerca que les podías sentir, tocar, oler...
Pero, poco a poco creces y, un día, abres los ojos y el cuento de hadas desaparece. ¡Chas! Se esfuma bajo una cortina de humo.
Cuando somo mayores la mayoría de la gente acudimos a las cosas y a las personas en quien podemos confiar. Lo que ocurre es que es difícil (mucho, creéme) dejar totalmente a un lado ese cuento de hadas.
Porque casi todo el mundo, todavía, tenemos ese pequeño gramo de ilusión, de fe, de que algún día abriremos los ojos y todo se hará realidad.
Al final del día, por la noche sobre todo, la fe es algo curiosa. Como un misterio. Se presenta cuando menos te la esperas.
Es como si un día te dieras cuenta de que el cuento de hadas puede ser un poco diferente de lo esperado. El castillo, bueno, puede no ser un castillo, y no es tan importante ser felices y comer perdices para siempre. Solo que seas feliz en este momento.
A veces, cada cierto tiempo. O, una vez cada luna llena. O, una vez en tu vida, la gente te sorprende...
Pero hay veces, escasísimas eso sí, en las que la gente puede sorprenderte hasta tal punto de dejarte sin respiración...
-A.Grey-
¿Aquella fantasía de cómo sería tu vida?
Ya sabes, lo de el príncipe azul, ese que te llevará a un castillo en medio del monte. Ser felices y comer perdices.
Te acostabas por las noches, cerrabas los ojos y tenías una fe absoluta.
Los Reyes Magos, el ratoncito Pérez, el príncipe azul, estaban tan cerca que les podías sentir, tocar, oler...
Pero, poco a poco creces y, un día, abres los ojos y el cuento de hadas desaparece. ¡Chas! Se esfuma bajo una cortina de humo.
Cuando somo mayores la mayoría de la gente acudimos a las cosas y a las personas en quien podemos confiar. Lo que ocurre es que es difícil (mucho, creéme) dejar totalmente a un lado ese cuento de hadas.
Porque casi todo el mundo, todavía, tenemos ese pequeño gramo de ilusión, de fe, de que algún día abriremos los ojos y todo se hará realidad.
Al final del día, por la noche sobre todo, la fe es algo curiosa. Como un misterio. Se presenta cuando menos te la esperas.
Es como si un día te dieras cuenta de que el cuento de hadas puede ser un poco diferente de lo esperado. El castillo, bueno, puede no ser un castillo, y no es tan importante ser felices y comer perdices para siempre. Solo que seas feliz en este momento.
A veces, cada cierto tiempo. O, una vez cada luna llena. O, una vez en tu vida, la gente te sorprende...
Pero hay veces, escasísimas eso sí, en las que la gente puede sorprenderte hasta tal punto de dejarte sin respiración...
-A.Grey-
martes, 1 de febrero de 2011
Repitiendo.
Hace dos inviernos pude disfrutar en Murcia de la gira especial por el 10º aniversario. Quique Gonzalez y la Aristocracia del barrio se llamaban por aquel entonces. Invitados especiales como Rebeca Jiménez y Carlos Raya estuvieron arriba del escenario compartiendo grandes canciones con los pocos que estábamos allí.
Después del concierto, Quique y el resto se dejaron fotografiar, hacer preguntas y demás cuestiones que queríamos los incansables (o borrachos) que deambulábamos todavía por la sala, menos mal que el señor A. supo echarme un capote frente a mi seria continencia verbal.
Mañana repito. Sí. Tengo ganas, muchas. El lugar no es el mismo, por supuesto. Ni la banda, ni la ciudad, ni las canciones, ni la gente con la que voy y seguramente que Quique ya se esté acostumbrando a la fama y a ser archiconocido (de ahí la millonada de las entradas) Pero... hay algo que me empuja a ir siempre que pueda a un concierto suyo.
Y quiero, otra copa, otro abrazo, otra salvación en medio de mi naufragio lingüístico y otras muchas fotos.
" Subo la montaña, que se oculta tras el vuelo de tu falda..."
Después del concierto, Quique y el resto se dejaron fotografiar, hacer preguntas y demás cuestiones que queríamos los incansables (o borrachos) que deambulábamos todavía por la sala, menos mal que el señor A. supo echarme un capote frente a mi seria continencia verbal.
Mañana repito. Sí. Tengo ganas, muchas. El lugar no es el mismo, por supuesto. Ni la banda, ni la ciudad, ni las canciones, ni la gente con la que voy y seguramente que Quique ya se esté acostumbrando a la fama y a ser archiconocido (de ahí la millonada de las entradas) Pero... hay algo que me empuja a ir siempre que pueda a un concierto suyo.
Y quiero, otra copa, otro abrazo, otra salvación en medio de mi naufragio lingüístico y otras muchas fotos.
" Subo la montaña, que se oculta tras el vuelo de tu falda..."
viernes, 31 de diciembre de 2010
El principio del fin
Último día del año.
Quedan apenas 8 horas para despedirnos del 2010 y empezar un año nuevo. Es el momento de hacer balance.
Poner el punto y final a esta etapa y pasar página, empezar un cuaderno, con las hojas limpias, sin arrugas, con ese olor a nuevo que me pone los pelos de punta y hace que me recorra un escalofrío por todo el cuerpo.
En definitiva, toca poner otro eslabón a la cadena de la vida.
Ahora (metida en la cama y con el edredón hasta las orejas) lo que que me apetece es disfrutar recordando de todo lo bueno que nos ha pasado en estos 365 días. Y digo NOS, porque en esta Historia (la mía) no solo la protagonista soy yo; si no que tengo a muchos otros personajes que hacen que el carnaval de la vida cobre sentido, que sea más llevadero todo.
Año de idas y venidas, viajes, vaivenes, amigos, terremotos, aviones, subidas y bajadas, subidones y bajones, Barcelona, amor, más amigos, curvas, trenes, rectas, logros, no tanto amor, fracasos, muchas risas y más lágrimas, caídas, tropezones, dejarse llevar, alegría, vosotros, nosotros, tú y yo.
¡Felicisimo año! Empezad este nuevo ciclo con buen pie y disfrutad. Que os vaya bonito!
Salud!
Quedan apenas 8 horas para despedirnos del 2010 y empezar un año nuevo. Es el momento de hacer balance.
Poner el punto y final a esta etapa y pasar página, empezar un cuaderno, con las hojas limpias, sin arrugas, con ese olor a nuevo que me pone los pelos de punta y hace que me recorra un escalofrío por todo el cuerpo.
En definitiva, toca poner otro eslabón a la cadena de la vida.
Ahora (metida en la cama y con el edredón hasta las orejas) lo que que me apetece es disfrutar recordando de todo lo bueno que nos ha pasado en estos 365 días. Y digo NOS, porque en esta Historia (la mía) no solo la protagonista soy yo; si no que tengo a muchos otros personajes que hacen que el carnaval de la vida cobre sentido, que sea más llevadero todo.
Año de idas y venidas, viajes, vaivenes, amigos, terremotos, aviones, subidas y bajadas, subidones y bajones, Barcelona, amor, más amigos, curvas, trenes, rectas, logros, no tanto amor, fracasos, muchas risas y más lágrimas, caídas, tropezones, dejarse llevar, alegría, vosotros, nosotros, tú y yo.
¡Felicisimo año! Empezad este nuevo ciclo con buen pie y disfrutad. Que os vaya bonito!
Salud!
lunes, 15 de noviembre de 2010
El cambio.
Esto no lo he escrito yo.
Ya sé, ya sé, que esto de un blog va de escribir algo que se le ocurre a uno mismo. Sin la necesidad de copiar a otros pero bueno, digamos que no ha sido un plagio, simplemente me lo han prestado... Tampoco creo que se molesten, ni siquiera que se enteren. Jajaja.
Ahí va:
"Cada célula del cuerpo humano se regenera cada 7 años. Como las serpientes, a nuestro modo, mudamos la piel. Biológicamente somos personas nuevas.
Quizá parecemos los mismos. El cambio no es visible, al menos no en la mayoría, pero todos cambiamos por completo para siempre.
Cuando decimos que la gente no cambia, los científicos se echan las manos a la cabeza porque el cambio es la única constante en la ciencia.
La energía y la materia siempre están cambiando, metarmofoseándose, fusionándose, creciendo, muriendo.
Lo antinatural es que las personas intentemos no cambiar. Que queramos aferrarnos a como era todo antes, en vez de dejar que sea lo que es. Que queramos aferrarnos a viejos recuerdos, en vez de generar otros. Que insistamos en creer que desde los indicios científicos todo en la vida es permanente.
El cambio es constante.
Cómo vivamos ese cambio depende de nosotros. Puede parecernos la muerte o una segunda oportunidad en la vida. Si nos relajamos y nos dejamos llevar puede parecernos pura adrenalina.
Cómo si en cualquier momento tuviéramos otra oportunidad.
Cómo si en cualquier momento pudierámos nacer de nuevo."
Ya sé, ya sé, que esto de un blog va de escribir algo que se le ocurre a uno mismo. Sin la necesidad de copiar a otros pero bueno, digamos que no ha sido un plagio, simplemente me lo han prestado... Tampoco creo que se molesten, ni siquiera que se enteren. Jajaja.
Ahí va:
"Cada célula del cuerpo humano se regenera cada 7 años. Como las serpientes, a nuestro modo, mudamos la piel. Biológicamente somos personas nuevas.
Quizá parecemos los mismos. El cambio no es visible, al menos no en la mayoría, pero todos cambiamos por completo para siempre.
Cuando decimos que la gente no cambia, los científicos se echan las manos a la cabeza porque el cambio es la única constante en la ciencia.
La energía y la materia siempre están cambiando, metarmofoseándose, fusionándose, creciendo, muriendo.
Lo antinatural es que las personas intentemos no cambiar. Que queramos aferrarnos a como era todo antes, en vez de dejar que sea lo que es. Que queramos aferrarnos a viejos recuerdos, en vez de generar otros. Que insistamos en creer que desde los indicios científicos todo en la vida es permanente.
El cambio es constante.
Cómo vivamos ese cambio depende de nosotros. Puede parecernos la muerte o una segunda oportunidad en la vida. Si nos relajamos y nos dejamos llevar puede parecernos pura adrenalina.
Cómo si en cualquier momento tuviéramos otra oportunidad.
Cómo si en cualquier momento pudierámos nacer de nuevo."
martes, 9 de noviembre de 2010
Reencuentros.
Apenas quedaban 10 minutos para la hora acordada. Ella, nerviosa, terminaba de pintarse de rojo los labios.
No paraba de mirar el móvil. Una llamada perdida. Era la hora.
Habían pasado meses desde la última vez que se vieron. ¿Cuatro?, ¿cinco?, ¿nueve? Tal vez demasiados, pero en aquel momento no importaba.
Subió al coche. Conocía ese olor a la perfección, muchas noches lo había recordado dando vueltas entre las sábanas. Una sonrisa vergonzosa. Un beso tímido en la mejilla.
- Sabes, te he echado de menos en todo este tiempo.
- Has cambiado, aunque te sienta bien.
Abrió la ventana. Brillaban las estrellas pero había llovido y el olor a humedad inundó todo el espacio. Y le entró un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. Él, mientras tanto, conducía y cantaba una canción de Sabina.
- ¿Dónde vamos, nena?
- Llévame al sitio de siempre. Me gusta vernos allí. Ya lo sabes.
Se sentaron en la barra, nada había cambiado y eso a ella le encantaba. Se sentía cómoda en aquel lugar. Y por fin, se miraron a los ojos.
Hablaron. Él, ya no vivía en el mismo sitio, apenas escuchaba a los de siempre, había empezado una nueva vida, pero seguía teniendo la misma luz en los ojos, seguía moviéndose sin parar. Ella, con el pelo más largo y más rizado, seguía necesitando que le dieran conversación, seguía sin gustarle el chocolate negro que ponían. Sonreía.
La flor de su pelo, se le caía. Él como si de algo frágil se tratara la colocó de nuevo. Una leve e inocente caricia.
En aquel momento, le invadió una sensación extraña. Felicidad. La sentía moverse, revoltosa, por todas sus entrañas. Cerró los ojos un segundo y quiso quedarse en aquel lugar, mucho tiempo.
- ¿Te apetece otra copa? Esta la pago yo.
- Contigo, siempre.
Siguieron hablando. Risas. Otra copa. Más risas. Complicidad. Así se pasaron horas. Él miró un momento la hora, las 4.00. Hora de marcharse. Cerraban.
Se cogieron de la mano. Respiraron el aire helado de diciembre e iniciaron el camino de vuelta. Esta vez cantaban los dos, a voces.
- Da una vuelta más, por favor. No quiero volver a casa.
" Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido..." Les gustaba. Disfrutaron de esa y de otras cinco o seis. O diez. Apenas hablaban, sólo se miraban. Sobraban las palabras.
- Prométeme, que la próxima vez que te vea vas a seguir siendo así.
- Prometido.
- ¿Aunque pase mucho tiempo?
- Sí. Seguiré igual.
- Tú y yo, ¿Vale?
- Sí. Tú y yo. Te quiero.
Se bajó del coche y cerró la puerta. La función había terminado.
Tenía la extraña sensación de que no iban a volver a verse en mucho tiempo (otra vez). O, quizá, nunca más...
No paraba de mirar el móvil. Una llamada perdida. Era la hora.
Habían pasado meses desde la última vez que se vieron. ¿Cuatro?, ¿cinco?, ¿nueve? Tal vez demasiados, pero en aquel momento no importaba.
Subió al coche. Conocía ese olor a la perfección, muchas noches lo había recordado dando vueltas entre las sábanas. Una sonrisa vergonzosa. Un beso tímido en la mejilla.
- Sabes, te he echado de menos en todo este tiempo.
- Has cambiado, aunque te sienta bien.
Abrió la ventana. Brillaban las estrellas pero había llovido y el olor a humedad inundó todo el espacio. Y le entró un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. Él, mientras tanto, conducía y cantaba una canción de Sabina.
- ¿Dónde vamos, nena?
- Llévame al sitio de siempre. Me gusta vernos allí. Ya lo sabes.
Se sentaron en la barra, nada había cambiado y eso a ella le encantaba. Se sentía cómoda en aquel lugar. Y por fin, se miraron a los ojos.
Hablaron. Él, ya no vivía en el mismo sitio, apenas escuchaba a los de siempre, había empezado una nueva vida, pero seguía teniendo la misma luz en los ojos, seguía moviéndose sin parar. Ella, con el pelo más largo y más rizado, seguía necesitando que le dieran conversación, seguía sin gustarle el chocolate negro que ponían. Sonreía.
La flor de su pelo, se le caía. Él como si de algo frágil se tratara la colocó de nuevo. Una leve e inocente caricia.
En aquel momento, le invadió una sensación extraña. Felicidad. La sentía moverse, revoltosa, por todas sus entrañas. Cerró los ojos un segundo y quiso quedarse en aquel lugar, mucho tiempo.
- ¿Te apetece otra copa? Esta la pago yo.
- Contigo, siempre.
Siguieron hablando. Risas. Otra copa. Más risas. Complicidad. Así se pasaron horas. Él miró un momento la hora, las 4.00. Hora de marcharse. Cerraban.
Se cogieron de la mano. Respiraron el aire helado de diciembre e iniciaron el camino de vuelta. Esta vez cantaban los dos, a voces.
- Da una vuelta más, por favor. No quiero volver a casa.
" Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido..." Les gustaba. Disfrutaron de esa y de otras cinco o seis. O diez. Apenas hablaban, sólo se miraban. Sobraban las palabras.
- Prométeme, que la próxima vez que te vea vas a seguir siendo así.
- Prometido.
- ¿Aunque pase mucho tiempo?
- Sí. Seguiré igual.
- Tú y yo, ¿Vale?
- Sí. Tú y yo. Te quiero.
Se bajó del coche y cerró la puerta. La función había terminado.
Tenía la extraña sensación de que no iban a volver a verse en mucho tiempo (otra vez). O, quizá, nunca más...
martes, 2 de noviembre de 2010
Ir y volver
¿Ir o volver?
He aquí la cuestión.
Volver a casa o ir a casa. ¿Cuál es la diferencia? Secillamente, creo son las ganas que uno tiene ello. O tal vez, el tiempo que ha pasado desde que te vas.
Yo voy, sin duda. Ahora es lo que toca. Tendremos que acostumbrarnos a hacer maletas y estar divididos. Todavía me queda mucho para volver.
Volver es como (según mi opinión, claro) echar la vista atrás, retroceder en el tiempo, regresar al pasado; vamos. Aunque debo de reconocer que a veces, es guay.
Yo voy. Tú vas. Él va. Nosotros vamos. Vosotros váis. Ellos van.
Yo vuelvo. Tu vuelves. Nosotros volvemos. Vosotros volvéis. Ellos vuelven.
Sí, definitivamente VOY. Suena a futuro, a incertidumbre, a duda, a nuevo, a ganas de descubrir, a billete de ida con la vuelta abierta.
Siempre habrá tiempo de volver.
Disfrutad!
He aquí la cuestión.
Volver a casa o ir a casa. ¿Cuál es la diferencia? Secillamente, creo son las ganas que uno tiene ello. O tal vez, el tiempo que ha pasado desde que te vas.
Yo voy, sin duda. Ahora es lo que toca. Tendremos que acostumbrarnos a hacer maletas y estar divididos. Todavía me queda mucho para volver.
Volver es como (según mi opinión, claro) echar la vista atrás, retroceder en el tiempo, regresar al pasado; vamos. Aunque debo de reconocer que a veces, es guay.
Yo voy. Tú vas. Él va. Nosotros vamos. Vosotros váis. Ellos van.
Yo vuelvo. Tu vuelves. Nosotros volvemos. Vosotros volvéis. Ellos vuelven.
Sí, definitivamente VOY. Suena a futuro, a incertidumbre, a duda, a nuevo, a ganas de descubrir, a billete de ida con la vuelta abierta.
Siempre habrá tiempo de volver.
Disfrutad!
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